Artesanos del espacio.
Luis Imperiale nos enviaba a principios de verano un escueto correo electrónico en el que se presentaba (tras hacerse productor) y nos informaba de que "nos había comprado un libro". La sorpresa, grande de por sí, fué mayúscula al recibirlo: una cuidadosa portada cartoné con letras doradas ("Kosmos") y un tamaño considerable le añadían al regalo un misterio como de otro tiempo, acaso tanto como al gesto.
"Incluso después de llegar a la Luna, no les recuerdo una sola declaración prepotente [a los científicos de la NASA]. Creo que siempre nos observaron con la distancia respetuosa con que se contempla a un artesano que mantiene su técnica en secreto."(foto: trabajadoras de Energomash supervisan las piezas de un motor de cohete)
"Kosmos" es un libro fascinante, plagado de imágenes de extraña belleza, que ahondan en la cosmonáutica como "un mundo a parte", al otro lado de las puertas del "oriente" ("vostok"): un mundo de "ciudades cerradas", de las cuales no se entraba ni salía sin autorización, y donde se manejaban secretos que se prohibía revelar a la familia cercana, generándose cientos de "black jobs", como las llama Svetlana Boym: una masa de científicos, soldados y artesanos que nunca pudieron contar a nadie a qué se dedicaban, por miedo del gobierno de ver expuesta a la luz pública esta bizarra realidad mezcla de tecnología, artesanía y orden militar.
En los días en que necesitamos volver a las imágenes de la verdadera realidad cosmonautica, en la que la madre de Gagarin se enteró por la radio de que su hijo había sido lanzado al espacio (y solo acertó a decir "mi pequeño, mi pequeño... ¿a dónde ha ido esta vez?") y por cada uno de los nombre que entraban en los anales cincuenta anteriores eran borrados... siempre volveremos a este maravilloso "Kosmos", y sus inspiradoras páginas.
Gestos como este son los que hacen que seguir tenga sentido.
Gracias, Luis.
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