Un día en los disturbios
Post invitado:Antonio Jarreta (Atlas), un día en la oficina.
El Agente Naranja (la luz de un enfermizo color fluorescente radioactivo que emiten el alumbrado público de Madrid) entran a chorro junto a los himnos primitivos de fiesta y bacanal, pero estamos demasiado colocados por la adrenalina que chuta nuestra glándula suprarrenal (el kit completo de yonqui a la venta: los ojos inyectados en sangre, la sonrisa perversa, hilo de baba en la comisura de los labios; modelos de poster para una campaña de la FAD, el trabajo es la nueva coca), cabalgando la ola de impulsos reptilianos comer-cagar-beber-mear-seguir creada por el piloto automático activado a las 12 horas de trabajo ininterrumpido. Hemos mirado el sol a primera hora de la mañana; ahora, después de que la estrella haya dibujado un arco a cámara rápida en el diáfano cielo de Madrid (cortado como por una navaja de luz) es la luna la que devora su propia trayectoria en el fondo azuloscuropúrpuranegro punteado por comas blancas; seguimos aquí. Seguiremos aquí.
Hay tantas cosas todavía que hacer. Miles de tareas que parecen exiguas y solo en el anonimato colectivo adquieren gravedad. Cortapegatelefoneatecleamontadiscuteordenaorganiza, y hazlo todos los minutos de lo que te queda de vida. Mientras tanto tus compañeros son borrones que no dejan marcas en las paredes blancas de la oficina y tus manos han cobrado vida y su rebelión anatómica se confabula con el entumecimiento de un cerebro funcionando a toda máquina desde hace más tiempo del que te gustaría recordar y oh dios el trabajo no se reduce y la montaña de papeles parece crecer como unas fauces de dientes oscuros ansiosas deseosas de tragarte y tecleas y tecleas y tecleas.
Y sigues. Porque no te importa. Porque puedes ver el resquicio de luz que se ve al final del tunel, y las sombras que crea son hermosas. Porque eres un creyente. Sigues. Solo sigues.
¿Oléis eso? Huele a sudor y a triunfo y a fracaso y a gloria y a historia y a metal y a sangre y a polvo y a plástico y a lágrimas y a amargura y a trabajo.
Huele a cine.
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